TIENDAS DE ULTRAMARINOS ANTIGUAS: HISTORIAS DE OTROS TIEMPOS
Esta mañana cuando he salido de trabajar (siempre estoy de turno de noche), he vuelto a casa andando. Me gusta hacerlo los domingos. Es el día en que la ciudad se para y se pueden escuchar los sonidos de la mañana. Impresiona el silencio en calles siempre bulliciosas. No hay apenas tráfico ni personas, salvo algun madrugador que sale a tomarse el primer café, a comprar el periódico o a sacar al perro a pasear. Para llegar a mi casa tengo que pasar por parte del casco antiguo y por la calle donde viví hace algunos años y por donde de niña pasaba a diario para ir al colegio. En la calle María Auxiliadora de Córdoba, cerca de la iglesia de San Lorenzo había una tienda de ultramarinos antigua que áun se mantiene, aunque ya ha cambiado bastante su aspecto.
Esta tienda es de esos sitios a los que les guardo un cariño especial porque me recuerda a mi infancia, cuando salía con mi madre o mi abuela a comprar. Antes había en todos los barrios una tienda de ultramarinos, que podían ser muchas cosas, pero eran sobre todo, una sinfonía de olores difíciles ya de encontrar. Todos tenemos en la memoria olfativa claros recuerdos de aromas de nuestra infancia: el bizcocho que horneaba nuestra madre o abuela, la ropa blanca colocada en el armario con manzanas, membrillos o pastillas de jabón y algunos otros que, si no en casa, dominaban en esos lugares que frecuentábamos. En mi caso, eran los olores que te invadían en estas tiendas cuando ibas a hacer algún recado.
En España se llamaban tienda de ultramarinos, coloniales o colmado a los establecimientos que vendían diversos productos de alimentación. Tomaba su nombre del conjunto de importaciones que se traían de las antiguas colonias españolas. Porque, evidentemente, la palabra ultramarinos proviene de que originalmente los productos que se vendían en estas tiendas solían proceder de los territorios de ultramar, como el café, el té, el chocolate, las especias y otros productos de importación.
Además de tener cierta apariencia entre almacén y tienda, solían ser establecimientos con uno o varios mostradores, algunos de mármol y otros de madera, con estanterías y cajones, tarros de cristal y porcelana. Algunos estaban decorados con lámparas, molduras o pinturas. Y por supuesto, además, se veían antiguos instrumentos para medir las cantidades a granel, como las balanzas (desde la romana al peso electrónico), las guillotinas para cortar bacalao en salazón, los molinillos de café, los juegos de medidas de aceite... Los ultramarinos se caracterizaban por no especializarse en un único tipo de producto, lo que al entrar les confería un conjunto muy personal de aromas que iban desde el café al bacalao.
De este, era la primera impresión olfativa al entrar en las tiendas de ultramarinos. Era común encontrar colas tiesas de bacalao en salazón colgadas del techo desprendiendo su fuerte olor. Cuando entrabas un poco más en el establecimiento, sentías también el fuerte aroma a la especias (que entonces eran pocas), sobre todo el comino, que mezclado con otras recuerdo que las vendían como "aliño de callos". Te las daban en cuartillos de papel a granel, o carterillas de azafrán o de canela molida. Otro elemento habitual eran las cajas redondas de madera en la que lucían, colocados con esmero, aquellos arenques dorados procedentes de mares nórdicos, de olor penetrante.
Había máquinas para expender aceite, que parecían antiguos surtidores de gasolina, y que desprendían un olor a aceite rancio al que había que quitarle el sabor friéndole un trozo de pan antes de cocinar. Y el embutido, colgado en ganchos: chorizos y morcillas, salchichones y algún jamón... Me quedaba embelesada mirando a través del mostrador como cortaban el fiambre finísimo, con una máquina a manivela, y llenaban una bandejita que pesaban en el peso de báscula o romana. También había quesos, guardados bajo cúpulas grandes de cristal, que aún así no conseguían evitar que el olor intenso a queso añejo llegara hasta los clientes.
Y el café, ese café que venía siempre de Brasil o Costa Rica en sacos y vendían en grano para molerlo, o bien te lo llevabas ya molido a casa. Tambien había sacos de legumbres de varias partes de España, pero sobre todo de Aragón, para hacer los guisos diarios. Y como no, las jícaras de chocolate, esas onzas grandes de chocolate un poco duro (todo hay que decirlo) que era mi merienda favorita junto a un trozo de pan de miga de la de antes, no el pan que se vende ahora.
Pero lo que más me gustaba ver eran aquellos tarros de cristal grandes, de boca ancha, cerrados a rosca, llenos de caramelos sin papel ninguno, luciendo sus colores, que vendían por unidad o de bolitas de anís, de los que con suerte, alguna vez, conseguías que el dependiente te regalara uno. Y las torres de latas de de conservas, ordenadas al milimetro que a mí me parecían enormes en altura, casi siempre de caballa o atún con esos peces dibujados de ojos saltones, junto a los tarros grandes de melocotones en almíbar que se compraban en ocasiones especiales o las ristras de pimientos secos que adornaban la tienda a modo de guirnaldas, como si hubiera una verbena.
En la sección de droguería se mezclaban otros olores que te recordaban a la ropa limpia y los baños de agua calentita. Olía a detergentes, jabones aromatizados con flores y aquellas colonias que se compraban por litros, rellenando el frasco que lo llevabas de casa junto a lociones para hombres para después del afeitado.
Casi siempre, las tiendas de ultramarinos de barrio las atendían un matrimonio. Ella llevaba siempre delantal, muchas veces blanco, impoluto y su pelo perfectamente peinado y el hombre con su bata y el lápiz en la oreja para hacer la cuenta en papel de estraza que recortaban, y te daban como ticket. O te fiaban, porque antes te dejaban llevar tu compra y la ibas pagando una vez a la semana, al mes o como pudieras. Entonces en las tiendas sabían tu nombre, se preocupaban por tu familia, por tu trabajo, era el lugar de reunión, incluso en algunas tiendas, había una pequeña barra para tomar una copa de aguardiente o coñac mientras se hablaba con los vecinos, o se compraba vino a granel, en vez de en la bodega del barrio, para grandes ocasiones, que solían ser pocas como Navidad o un cumpleaños.
Otra de las cosas que recuerdo con cariño de estas tiendas, es que en casi todas había un gato, supongo que para librarlas de posibles roedores, aunque siempre estaba en paz con el mundo que le rodeaba, en siesta perpetua, en algún rincón o encima de algún saco, al que era imposible imaginar cazando ratones, pero formaba parte del paisaje de la tienda.
No os quiero cansar más con estos recuerdos, porque son solo, eso, recuerdos. Hoy el bacalao no huele como olía aquél, ni tiene aquel aspecto. El aceite, virgen, se vende en botellas de diseño. Los caramelos, en cajas, no de uno en uno, y en gran parte sustituidos por las llamadas "chuches". Las especias, en frasquitos herméticos. Las máquinas de cortar fiambres son eléctricas, aunque se siga cortando el embutido en láminas de papel de fumar.
Los supermercados y grandes superficies exterminaron a todos estos locales de barrio. Lo más parecido a las tiendas de ultramarinos hoy en día, son las denominadas "delicatessen" donde no hay gatos, no huelen a nada, tienden a ser aburridas, se evitan los olores, no abren el apetito.
¿Mejor aquello que esto? Puede que no, pero, a veces, me vienen recuerdos, sobre todo por la nariz, y los añoro, aunque sea perfectamente consciente de que, como las colonias de ultramar, son ya, cosas de otro tiempo; pero ese tiempo, el de los ultramarinos, también fue un poquito mío.






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