LA LANGOSTA. DE COMIDA DE POBRES A ARTÍCULO DE LUJO
Cuando se da una ocasión especial, o hay un motivo de celebración, uno de los platos que más nos llaman la atención es la langosta. Y es que, además de ser delicioso, los precios de este crustáceo lo han mantenido por mucho tiempo como un privilegio reservado para los más acaudalados o para los que de vez en cuando se pueden permitir este manjar en una ocasión especial. Pero no siempre ha sido así. La langosta, a la que se le ha llamado “la cucaracha del océano”, podríamos considerarla una trepadora social. Su caso es considerado como uno de los más extraordinarios cambios de imagen en la historia de los productos: la langosta pasó de ser la comida de los más pobres a la de los más ricos.
Durante la era colonial estadounidense, las langostas se consideraba "carne de basura" y eran comidas por sirvientes, prisioneros y familias pobres que no podían pagar nada más. Incluso las tribus indígenas que vivían cerca de la costa usaban langostas como fertilizantes o cebo para peces en lugar de consumirlas. El político de Kentucky del siglo XIX, John Rowan, dijo una vez: "Las conchas de langosta en una casa se considerabn signos de pobreza y degradación". Era común que las personas enterraran los caparazones de langosta en su patio trasero para evitar que sus vecinos los vieran. De hecho, el prestigio del crustáceo era tan bajo que eventualmente algunos de los sirvientes en Massachusetts se rebelaron y lograron consignar en sus contratos que no los forzarían a comer langosta más de tres veces por semana.
Los escritos de los primeros colonos europeos que llegaron a
Norteamérica cuentan que las langostas eran tan abundantes en las costas
atlánticas de Canadá y Nueva Inglaterra que se llegaban a acumular en
las playas de la colonia Massachusetts Bay en montones que alcanzaban la
altura de las rodillas. Igual que las ostras eran comida de pobres pero la demanda las diezmó y se volvieron de lujo. Por ser tantas, eran indeseables, más bien un estorbo para los pescadores que lo que querían atrapar era peces.
A principios del siglo XIX, las personas pagaban 53 centavos por libra de frijoles horneados en Boston y pagaban solo 11 centavos por una libra de langosta. Era bastante común que se le diera también a los gatos. La suerte de la langosta cambió a finales del siglo XIX, gracias a los enlatados y el ferrocarril. Su primer salto en el mundo del comercio llegó con la introducción de la primera fábrica de enlatados de Estados Unidos, establecida en Maine en 1841. Aunque al principio fue difícil convencer a las tiendas que compraran alimentos enlatados, eventualmente quienes vivían en el centro del país tuvieron al alcance langosta barata. Pero su estatus de miembro de la realeza, con corona de mantequilla y hierbas, servida en un trono de porcelana y plata se lo dieron los turistas.
A medida que los ferrocarriles empezaron a expandirse en todo Estados Unidos, las compañías ferroviarias decidieron servir langosta porque era barata, abundante y en gran parte del interior la encontraban deliciosa y exigían más. Los restaurantes no dudaron en servírselas con pompa y ceremonia a los turistas de clase alta que venían del sur a Maine en verano, atraídos por el mar y sus exóticas delicias. Cuando esos elegantes visitantes regresaban a sus hogares, seguían antojados de langosta. La llegada de la refrigeración permitió enviarlas vivas hasta lugares tan lejanos como Inglaterra, donde se vendían por diez veces el precio original. En la década de 1920 había menos langostas, pero la demanda continuó aumentando. En los 50, la langosta había consolidado su condición de manjar y se había convertido en algo reservado para las estrellas de cine y los ricos.
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